Por León
Trahtemberg
Imagínense
que con un examen de orina a un niño de 7 ó 15 años se pretenda concluir que el
niño es sano y lo será en el futuro. Puede tener alguna enfermedad músculo
esquelética, coronaria, discapacidad motora,
sensorial, etc. pero ninguna se detectará en el examen de orina. A la inversa,
imaginemos calificar como enfermo a un niño con infección urinaria (pasajera)
por lo que salen indicadores en rojo en un análisis de orina.
La analogía
pretende ayudar a entender el valor limitado de los resultados de una prueba
censal o PISA en matemáticas, lectura y ciencias. Tienen un valor limitado al ánimo
del niño el día de la prueba y al formato pre establecido que aborda solo una
pequeñísima tajada del conjunto de elementos que definen a un estudiante bien
formado, apto para encarar los retos de la vida académica y ciudadana, sobre
todo bajo los criterios de una educación integral. Para ello tienen un enorme
valor no solo las áreas curriculares no evaluadas por estas pruebas sino también los atributos éticos, sociales, personales que
definen de modo integral a la persona. Las pruebas PISA de Matemáticas y
Ciencias probablemente las desaprobarían Mario Vargas Llosa, Lionel Messi, Paul McCartney o
el Papa Francisco.
Por lo demás,
hay que definir previamente qué criterios definen una sociedad bien educada. ¿Será
por el nivel de transparencia, corrupción, violencia, democracia, índice Gini,
Desarrollo Humano, competitividad internacional, patentes creadas, o será solamente
por los puntajes de algunas pruebas escolares? Cuidado con convertir las ECE o
PISA en evidencias de calidad.

